
"...Hacia el año 1563, Pietro Buonaventuri, joven florentino, discreto y sin fortuna, abandonó su patria en busca de mejor suerte. Se alojó en Venecia en casa de un comerciante de su país, situada en la callejuela trasera del palacio Copello. La fachada, según la costumbre, daba al canal. En toda la ciudad no se hablaba más que de la belleza de Bianca, la hija del dueño del palacio, y de su severidad para guardarla.
Bianca no podía asomarse con ningún pretexto a las ventanas que daban al canal; para desquitarse salía a tomar el aire todos los días a una ventana muy alta que se abría sobre la estrecha calle que habitaba. Buonaventuri la vió y la amó. ¿Pero cómo conseguir hacérselo saber? ¿Cómo un pobre comerciante podía pretender a una joven de la primera nobleza y la más festejada de toda Venecia? Procuró olvidar su quimérica pasión. El amor le volvía a llevar siempre bajo la ventanita. Un amigo, viéndole desesperado, le argumentó que más valía encontrar la muerte buscando la felicidad que perecer como un necio y que tal vez con su buena presencia y la tiranía del padre, dar a conocer su pasión sería triunfar.
A fuerza de gestos vehementes cuando nadie pasaba por la calle, Pedro llegó a hacerla comprender que la amaba. Pero no se trataba tan sólo de penetrar en la mansión del más fiero de los mortales. Como en Oriente, la menor tentativa sería castigada con la muerte, tal vez de los dos amantes. La necesidad hizo que la desdeñosa beldad consintiera en procurarse la llave de una puertecilla que se abría sobre la calle y a conceder una entrevista al joven florentino, paso arriesgado que sólo podía intentarse por la noche durante el sueño de las gentes de la casa. Las tiernas entrevistas se renovaron y con el resultado que es de presumir. Bianca salía todas las noches, dejando la puerta entornada, y regresaba antes de romper el día.
Una noche demorase en los brazos de su amante. Un panadero que iba muy de mañana a llevar pan a una casa vecina, viendo la puerta entreabierta creyó oportuno cerrarla.
Bianca llegó un instante después, se vió perdida y tomó su partido. Vuelve a subir a casa de Buonaventuri; llama dulcemente; el abre. La muerte era segura para ella. Se unieron sus destinos, corrieron a pedir asilo a un rico comerciante florentino establecido en un barrio lejano. Antes que el día acabase de nacer, todo estaba arreglado y su evasión no podía ser denunciada por la menor huella. Lo difícil era salir de Venecia.
El padre de Bianca, y sobre todo su tío Grimani, patriarca de Aquileya, estallaron en la más violenta indignación; pretendían que toda la nobleza veneciana quedaba ofendida en ellos. Hicieron encarcelar a un tío de Buonaventuri, que murió en la prisión; obtuvieron del Senado la orden de perseguir al raptor, con una recompensa de dos mil ducados a quien le matare. Se enviaron asesinos a todas las ciudades de Italia.
Los dos amantes permanecieron en Venecia. Veinte veces estuvieron a punto de ser descubiertos. Diez mil espías, los más finos del mundo, ansiaban los dos mil ducados. Por fin, una barca cargada de heno engañó a todo el mundo y pudieron ganar Florencia. Allí se mantuvieron ocultos en una casita que Buonaventuri poseía en la Vía Larga. Bianca no salía nunca; él sólo lo hacía bien armado. Ocurría esto en los días en que Cosme I, hastiado de los disimulos y perfidias que le habían dado el poder, renunció los afanes del gobierno en su hijo Francisco, más sombrío y severo que él. Un favorito le avisó que en una casita de su capital vivía escondida aquella Bianca Copello, cuya belleza y misteriosa desaparición tanto ruido habían hecho en Venecia. Desde aquel momento, Francisco vivió una nueva existencia; todos los días se le veía pasear horas y horas por la Vía Larga. Procuró por todos los medios llegar hasta Bianca; no obtuvo ningún resultado.
Bianca, que no salía nunca, se asomaba a la ventana cubierta con un velo; pero el príncipe podía entreverla, y su pasión no tuvo límite.
El asunto le pareció serio al favorito. Se confió a su mujer, quien, deslumbrada ante el favor que alcanzaría su marido si la favorita del príncipe le debía su posición, escogió como pretexto las desdichas sufridas por la joven veneciana y los peligros que aún la amenazaban. Por medio de una venerable matrona, la hizo saber que una gran dama tenía algo importante que comunicarle y que para hablar con toda libertad le rogaba fuera a comer a su casa. La invitación les pareció bastante rara a los amantes, y dudaron algún tiempo; pero el rango de la dama y la necesidad que tenían de protección, les decidió. Bianca fue. No son para referir la amabilidad y el cariño de la acogida. Le fue preciso contar su aventura, escuchándosele tan halagüeños, que tuvo que prometer volver y aceptar una amistad que apenas nacida era ya apasionada.
El príncipe, encantado con esta primera entrevista, esperaba intervenir en la segunda. Bianca recibió pronto una nueva invitación. La conversación recayó en los peligros de la venganza de un padre irritado. Había ejemplos terribles. Por fin le preguntaron si le agradaría ser presentada al príncipe heredero, quien, habiéndola visto en la ventana, no había podido menos de admirar tantos encantos y deseaba vivamente presentarle sus respetos. Bianca turbóse levemente; aquel honor que le hacían, si bien peligroso, ponía fin a todas sus angustias; y aunque afectase rechazarlo la dama, creyó ver en sus ojos que un poco de atrevimiento no le ofendería demasiado. Entretanto, llegó el príncipe aparentando naturalidad y honradez; sus ofrecimientos, la modestia de sus maneras, sus respetuosos elogios, alejaron cualquier desconfianza; Bianca apenas tenía mundo, y no vió en él más que un amigo. El propio Buonaventuri no creyó conveniente romper aquella relación, que podría ser a la vez honrosa y útil.
Pero el príncipe estaba perdidamente enamorado. Bianca, un poco aburrida de pasar encerrada sus floridos días lo mismo en Florencia que en Venecia, le debía el poder salir sin temor. Él aumentó con diversos pretextos la fortuna del marido, e interesó cada vez más a la mujer por la sencillez y la ternura de su trato. Bianca resistió mucho tiempo; pero al fin Buonaventuri terminó por formar con Bianca y Francisco lo que en Italia se llama un Triángulo equilátero.
La joven pareja ocupó una gran casa en el barrio más hermoso de Florencia. El marido se adaptó pronto a su nuevo estado y alternó con la nobleza, que, como es de suponer, le recibió muy bien; pero, orgulloso de su nueva posición, alardeó de ella con una insolencia bastante ridícula. Insolente y temerario con todo el mundo, incluso con el príncipe, acabó por dejarse asesinar.
Este incidente no preocupó mucho a los dos amantes. La amabilidad y la inconsciente alegría de la joven veneciana (las venecianas son las francesas de Italia), cada día tenían más cautivado al príncipe. Cuanto más sombrío y preocupado estaba Médicis, más necesitaba distraerse con la vivacidad y los encantos de Bianca. Nacida en opulencia, amante del lujo y no creyéndose, con razón, inferior a nadie por su cuna, se paseaba como soberana por las calles de la capital. La verdadera soberana, la llamada –no sé porqué- reina Juana, tomó la cosa por lo trágico, y encontrándola un día en el puente de la Trinidad, dio orden de tirarla al Arno. No lo hicieron, y al poco tiempo murió de dolor. El gran duque, impresionado por su muerte y cediendo a los reproches de su hermano, el cardenal Médicis, se alejó por algún tiempo de Florencia para romper con Bianca. Llegó hasta dar la orden de desterrarla de Toscaza. Pero, ¿cómo contrarrestar en un corazón sombrío el ansia de ser amado, el encanto de una mujer alegre y cariñosa? Bianca, que tenía ingenio, ganó a su confesor y menos de dos meses después de la muerte de la Gran Duquesa, se casaron en secreto.
El Gran Duque comunicó su boda a Venecia. Una deliberación de los pregadi proclamó a Bianca hija adoptiva de la República. Se enviaron a Florencia dos embajadores con un séquito de noventa nobles para solemnizar, a la vez, la boda y la adopción por San Marcos. En las fiestas celebradas en esta ceremonia, tan halagadora para la bella veneciana, se gastaron trescientos mil ducados.
Fue Gran Duquesa. Hay un retrato suyo en la Galería de Florencia. Tal vez sea debido al duro estilo del Bronzino; pero en aquellos ojos tan hermosos, brilla algo funesto.
Bianca halló en las gradas del trono a todas las furias de la ambición. Hasta entonces sólo había sido una mujer bella y amorosa. Quiso dar un heredero a su marido, para no ser algún día súbdita de su cuñado. Se consultó a los astrólogos de la corte, y se dijeron innumerables misas en ruego. No obstante, nada resultó efectivo. La Duquesa recurrió a su confesor, capuchino del convento de Ogui Santi, de manga ancha, que se encargó de llevar a buen fin la gran empresa. La duquesa tuvo mareos, náuseas, hubo de guardar cama y recibió las enhorabuenas de toda la corte; el Gran Duque estaba encantado.
Llegó la época del parto. Bianca fue asaltada una noche por dolores tan intensos, que reclamó con impaciencia a su confesor. El cardenal, enterado de todo, bajó a la antecámara de su cuñada y se puso a pasear leyendo su breviario. La Gran Duquesa le envió recado, rogándole se retirase; no quería obligarle a oír los gritos que el dolor iba a arrancarle. El cruel cardenal respondió fríamente: …Dite a Sua Altezza che attenda pure a fare lóffizio suo, che io dic oil mio...
Llega el confesor. El cardenal se dirige hacia él y le abraza piadosamente, diciéndole: “Bien venido, padre; la princesa tiene gran necesidad de vuestra presencia”. Y al estrecharle entre los brazos, advierte la presencia del robusto niño que el capuchino traía oculto en la manga. “¡Alabado sea Dios! –exclama el cardenal - ¡La Gran Duquesa ha parido, y es niño!”, y enseña su falso sobrino a los cortesanos, que se hallaban absortos.
Bianca oyó la conversación desde el lecho, e imaginad su indignación ante el fastidio y el ridículo de tan larga farsa. El amor del Gran Duque calma su inquietud respecto a la preparación de su venganza. Llegó la ocasión. Fueron los tres a la hermosa villa de Poggio, en Cajano, y se sentaron a comer en la misma mesa. La Duquesa, que sabía que el cardenal gustaba mucho del manjar blanco, hizo preparar un plato envenenado. El cardenal fue advertido, pero no dejó de concurrir a la mesa como de costumbre; y a pesar de las reiteradas instancias de su cuñada, no quiso probar el contenido del plato. En tanto, mientras discutí con ella, el Gran Duque dijo: “Si mi hermano no quiere su manjar favorito, yo lo comeré”, y se sirvió un plato. Bianca no podía impedirlo sin descubrir su crimen y perder su amor para siempre. Comprendió que todo había acabado para ella y tomó su decisión con la misma rapidez de antaño, cuando encontró cerrada la puerta de la casa de su padre. Sirviese entonces del manjar blanco, como su marido, y los dos murieron el 19 de octubre de 1587. El cardenal sucedió a su hermano, adoptando el nombre de Fernando I, y reinó hasta el año 1608..."
"Confesiones de Benvenuto Cellini"
(Historia de la pintura en Italia. Henri Beyle)